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Sería sin duda divertido y  sugerente, pero bastante inútil, hacer el ejercicio de imaginar qué hubiera ocurrido en el PSOE -y en España- si, cumpliéndose el pronóstico, José  Bono hubiera ganado aquel Congreso del verano de 2000 y hubiera sido elegido Secretario General y líder de la oposición al Gobierno de Aznar. O qué hubiera ocurrido en España –y en el PSOE- si, cumpliéndose el pronóstico, el PP hubiera ganado las elecciones del 14 de marzo de 2004 y Rajoy se hubiera convertido en presidente del Gobierno.

Es más práctico analizar lo que verdaderamente sucedió. Y lo  que sucedió en ambas ocasiones fue precisamente lo inesperado: que un político nuevo alcanzó la victoria frente a otros mucho más conocidos y más experimentados que él. Y lo hizo porque el Partido Socialista del 2000 y la sociedad española de 2004 demandaban el cambio, sabían que se necesitaba y decidieron confiar en quien supo representarlo de forma más genuina.

Porque en estos diez años Zapatero ha demostrado ser, ante todo, un político de nuestro tiempo -que es, en esencia, un tiempo de cambios. Un reformista en las ideas y un reformador en la acción.

En su primer período como líder de la oposición encabezó la renovación del Partido Socialista y dio una nueva frescura a una organización que presentaba claros síntomas de esclerosis tras catorce años seguidos de ejercicio del poder. Además, puso en práctica un estilo nuevo y distinto en el ejercicio de la oposición.  Fueron aquellos extraños años en los que el gobierno destilaba crispación y malos modos y la oposición, diálogo y buen talante, hasta que los ciudadanos decidieron cambiar los papeles: los crispadores a la oposición y los del talante al poder.

La primera legislatura de Zapatero en el Gobierno fue la de la reforma política y social. En el plano político, el desarrollo de la idea de la España plural;  la recuperación de los medios de comunicación públicos como tales, y no como instrumentos de propaganda; una política exterior basada en la visión más actual de la cooperación como instrumento de progreso global, alianza de civilizaciones como garantía de seguridad compartida y acción concertada frente a los nuevos problemas del mundo como el cambio climático.   Y también, claro, la apuesta por un proceso de paz que ha resultado esencial para acelerar la pérdida de los apoyos sociales de ETA.

En el plano social, por encima de todos lo demás,  los avances decisivos en todo lo que se refiere a la igualdad entre hombres y mujeres; pero también la ampliación de los derechos civiles, la creación de un sistema de ayuda a las personas dependientes y el desarrollo de la política social más avanzada de Europa, aprovechando el crecimiento económico para mejorar las condiciones de vida de los más débiles.

La segunda legislatura será la de la lucha contra la crisis, sí;  pero también la de las reformas económicas. Reformas exigidas por la crisis y que forman parte de la lucha por la recuperación, por supuesto; siempre ha sido así. Todas las grandes transformaciones económicas han ido asociadas a crisis del sistema anterior. Pero también reformas ligadas a los nuevos desafíos de nuestro tiempo: el cambio climático, la inversión de la pirámide demográfica, la revolución tecnológica.

Esta segunda legislatura, desarrollada en circunstancias mucho más difíciles que la anterior, tiene que dejar, entre otras,  la reforma laboral, la de las pensiones, la reforma del sistema financiero, la energética, la de todos los elementos que determinan la competitividad en la nueva economía que nace de esta crisis.

Lo cierto es que en todas las circunstancias, en el poder y en la oposición, con el viento a favor o en contra, Zapatero siempre ha encontrado el mismo tipo de respuesta: impulsar los cambios y las reformas, avanzar en el sentido de los tiempos y no en el sentido opuesto,  salir a buscar el futuro para que el futuro no nos sorprenda. Con aciertos y con errores, claro. Pero sin perder jamás el sentido de la contemporaneidad que marca más que ningún otro rasgo su acción política (y que resalta especialmente, por cierto, en el contraste con el rancio aroma que desprende su principal opositor).

Por eso, tras seis años de gobierno y pese al desgaste de la crisis, Zapatero sigue representando los valores del cambio, las reformas y la modernidad en mucho mayor grado que cualquier otro dirigente político en nuestro país. El último debate del estado de la nación ha sido, de nuevo, una muestra de ello.

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