El 1 de enero de 1989, Felipe González asumió por primera vez, en nombre de España, la presidencia rotatoria de la Comunidad Europea (así se llamaba entonces). Sólo habían transcurrido dos años y medio de nuestra incorporación.
Si es cierta la tesis de quienes consideran al siglo XX como un siglo corto, que realmente comienza en 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial y termina –o empieza a terminar- en 1989, con la caída del Muro de Berlín, a España le correspondió aquella presidencia en un gozne histórico, uno de esos momentos clave en los que comienza el tránsito entre dos eras.
La Comunidad Europea que presidió Felipe González sólo tenía doce países miembros. Cada uno de ellos tenía su propia moneda. No existía el Banco Central Europeo, ni muchos de los órganos comunes que hoy articulan la Unión Europea.
En aquel momento, media Europa –incluida media Alemania- aún formaba parte de un bloque político-militar, enfrentado al bloque occidental, con sistemas políticos y económicos incompatibles entre sí. Es cierto que sólo pasaron unos meses hasta que el mundo comunista, el segundo mundo, se desplomó con estrépito y empezó a transformarse el mapa de Europa: Yugoslavia, Checoslovaquia, la URSS, la propia Alemania, dieron a luz nuevas fronteras y nuevos Estados. Desde ese punto de vista, Europa es la zona del mundo que más ha cambiado en estas dos últimas décadas.
Entre otras cosas, ha dado un salto de gigante en su propia construcción. Otro socialista español, José Luis Rodríguez Zapatero, asume veinte años después la presidencia de una Unión Europea con 27 miembros, procedentes de los dos antiguos bloques enfrentados; con una moneda común y un Banco Central común; que se dispone a estrenar una presidencia estable del Consejo Europeo y a poner en marcha un servicio diplomático compartido, que será el mayor del mundo.
Pese a los inevitables lamentos de los lamentadores vocacionales que frecuentemente no ven más allá de sus narices, la unidad europea, Europa como proyecto político ha dado un salto de gigante desde aquel día de junio de 1989 en que los Felipe González, Mitterrand, Thatcher, Kohl, Delors y demás se reunieron en Madrid para cerrar el semestre de la primera presidencia española.
También han cambiado los escenarios y los problemas.
Si en 1989 comenzaba a impulsarse el proyecto de una unión económica y financiera que desembocaría en el euro, hoy la tarea principal es reforzar la concertación de las políticas económicas para superar la crisis y construir un nuevo orden económico internacional.
Si entonces el mundo –y sobre todo Europa- tenía ante sí el desafío de liquidar cuarenta años de política de bloques y de amenaza de una inminente confrontación nuclear, hoy hay que hacer frente a nuevas amenazas a la seguridad global, singularmente el terrorismo internacional y las consecuencias del cambio climático –un proceso cargado de la máxima conflictividad potencial, como señaló el presidente Obama en la ONU.
Si entonces se comenzaban a manifestar los primeros síntomas de la revolución tecnológica, hoy la economía del conocimiento es ya una realidad que nos conduce inexorablemente a formas nuevas y distintas de producir y de trabajar, de comprar y de vender, de aprender y de consumir… a nuevos hábitos y modos de vivir que afectan incluso a las relaciones personales.
Si hace dos décadas las coyunturas económicas se movían al compás de las sucesivas oscilaciones en el suministro y en el precio del petróleo , hoy no podemos ya eludir ni aplazar la tarea de sustituir las fuentes de energía que han movido el mundo desde el inicio de la revolución industrial por otras más limpias y más eficientes.
Más allá de su carácter protocolario, el papel del país que ocupa la presidencia rotatoria ha sido siempre muy determinante para impulsar las grandes decisiones y lo grandes procesos de cambio en Europa. Hay presidencias intensas, de perfil alto y presidencias más planas, más de mera continuidad o de espera. Y no sólo depende del peso político y económico del país que ocupa la presidencia; también de la capacidad de iniciativa y de interlocución de sus gobernantes a la hora de proponer objetivos comunes y llevarlo adelante.
La presidencia española es de aquellas de las que se espera mucho. Felipe González cumplió las expectativas en 1989 y Zapatero lo hará también, con la ayuda de todos, en 2010.
¿Un deseo de Reyes? Que el 30 de junio Zapatero entregue la presidencia europea con la satisfacción del deber cumplido. Y que doce días después viaje a Suráfrica para ver cómo Iker Casillas recoge la Copa del Mundo. Y ustedes que lo vean.
