La Naturaleza es pródiga, poderosa, a veces maravillosamente hospitalaria y otras veces extremadamente inhóspita. Pero no podemos pedirle que sea justa ni que sea compasiva o solidaria. Al revés, tiende a ser arbitraria y cruel. Por eso, es estéril e hipócrita lamentarse de que las catástrofes naturales se ceben en los lugares más pobres, en los países que por su penuria económica y su debilidad institucional están en peores condiciones para prevenirlas y hacer frente a sus consecuencias.
No es culpa de la Naturaleza que en el corazón del mundo civilizado, en medio de unas condiciones climáticas extraordinariamente benévolas y a escasos kilómetros de la sociedad más próspera y desarrollada del mundo, exista un lugar como Haití. Un lugar en el que la gente vive en condiciones de penuria y miseria que ninguno de los que está leyendo este texto podría jamás aceptar para sí mismo o para sus seres queridos. Un lugar en el que la vida humana carece de todo valor; en el que prácticamente no existe el Estado ni nada que haga sus funciones, aunque sí han sido frecuentes las dictaduras más sanguinarias. Y un lugar en que no existe ninguno de los medios materiales, sanitarios y de todo tipo que podrían permitir a sus habitantes hacer frente a un desastre como el terremoto que acaban de sufrir tratando al menos de limitar los daños.
Ya sabemos lo que toca hacer cuando las noticias nos dan cuenta de un terremoto como el de Haití y las víctimas se cuentan por cientos de miles: condolerse y ayudar. Estamos haciendo las dos cosas. Pero eso no nos exime de nuestra responsabilidad moral ni nos permite eludirla lamentándonos de lo injusta que es la Naturaleza, que siempre golpea a los más débiles. Ese es, por decirlo suavemente, un argumento cínico. Precisamente en esa zona del mundo la Naturaleza ha creado unas condiciones excepcionalmente favorables para una vida humana próspera, grata y placentera. Y hemos sido los humanos, con nuestras propias manos, los que hemos hecho posible que en ese lugar existan sociedades tan pobres, tan infradotadas y tan vulnerables como la de Haití.
El problema, pues, no es lo que estamos haciendo en estos días para ayudar a los haitianos que aún tienen la suerte de poder ser ayudados. El problema es todo lo que hemos hecho antes –y lo que hemos dejado de hacer- para que un lugar que por sus condiciones naturales podría ser un paraíso sea en realidad algo muy parecido a un infierno, antes y después del terremoto.
Todos aquellos que cotidianamente protestan y se quejan de los recursos que se dedican a la cooperación internacional y a las políticas de ayuda al desarrrollo, considerándolas una superflua filantropía –y hay que ver la cantidad de demagogia que se hace a este respecto, especialmente en momentos de dificultades económicas como los actuales-, carecen de fuerza moral para clamar ahora para que los países ricos se vuelquen en la ayuda a las víctimas del terremoto. Pasarán dos o tres semanas, desaparecerán las imágenes más dramáticas de nuestros televisores y ellos volverán a sus consabidos tópicos de teniendo-aquí-el-paro-que-tenemos-para-qué-nos-tenemos-que-gastar-el-dinero-en-ayudar-a-otros.
En realidad, la Madre Naturaleza se limita a cumplir su función: nos mata y nos da la vida, nos da la vida y nos mata. Todo lo demás es asunto nuestro.
