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El siglo XX ha sido el de los cambios vertiginosos. En él, la historia se ha acelerado y la faz del mundo se ha transformado más deprisa y más profundamente que nunca. Si lo medimos con relación al pasado, entre 1910 y 2010 han transcurrido no 100 años de tiempo histórico, sino muchos más.

Para mí, los dos cambios más trascendentales de la época que nos ha tocado vivir, los que están llamados a tener efectos más duraderos, son la revolución científica y tecnológica y el avance imparable hacia la igualdad entre las mujeres y los hombres. O si prefieren decirlo con todas sus letras, el principio del fin de la discriminación de las mujeres respecto a los hombres.

El primero, porque la ciencia y la tecnología han transformado radicalmente las condiciones de vida y de trabajo, el sistema económico, las posibilidades de comunicación, la propia duración de la vida humana; todo lo que tiene que ver con nuestra forma de vivir.

El segundo, porque desde el punto de vista de la justicia ha comenzado a poner fin a la más clamorosa de las desigualdades, la que consistía –y en muchos ámbitos sigue consistiendo- en el dominio de la mitad de la humanidad sobre la otra mitad por razones puramente físicas (la mayor fuerza física del hombre y la función reproductiva de la mujer). 

Y desde el punto de vista de la pura eficiencia social, porque durante siglos la economía se ha organizado bajo el principio de que el 50% de la población estaba excluido o discriminado en la actividad productiva. Y ello no sólo era y es injusto; era y es un derroche de recursos y capacidades incompatible con una economía moderna.

En realidad, las mujeres han trabajado siempre. Pero siempre lo han hecho en condiciones y en funciones subalternas, encerradas en el muy vejatorio concepto de trabajos para mujeres –que en realidad debia traducirse como trabajos que los hombres no quieren.

Sólo es posible la competitividad en la nueva economía si se utiliza el 100% de los recursos humanos disponibles al máximo de su capacidad. No digo que sea el único factor relevante, pero hay una significativa relación entre progreso económico e igualdad. O entre atraso económico y pervivencia de la discriminación. Den un rápido repaso al mapa del mundo y compruébenlo.

Lo he dicho muchas veces: en el futuro, uno de los rasgos más recordados del período de Zapatero como Presidente será que en él –y muy principalmente por su compromiso personal- la sociedad española ha dado un paso de gigante en el camino de la igualdad.

Cuando la justicia y la eficiencia, o  los principios y los intereses, empujan en la misma dirección, el cambio se hace inexorable. Y será completo cuando ya no tenga ningún sentido celebrar el Día de la Mujer Trabajadora.

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