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No hace falta conocer en detalle el contenido de la reforma sanitaria que acaba de aprobar la Cámara de Representantes en Estados Unidos para valorar la extraordinaria dimensión histórica de esta votación. Más allá de los vericuetos técnicos de una reforma sumamente compleja, más allá de sus importantes efectos económicos y sociales, lo que  ha hecho esta votación, en esencia, es establecer que la salud es un derecho que las personas tienen por el mero hecho de estar vivas y no una circunstancia ligada a la capacidad de compra de cada uno.

Combatir la enfermedad, defender la propia vida ¿es una posibilidad que el mercado ofrece a quien quiera y pueda pagarla o es un derecho que la sociedad reconoce a todos sus miembros cualquiera que sea su capacidad económica?  La riqueza permite vivir mejor –si por tal cosa se entiende poder comprar más cosas-, pero muchos creemos que no debería dar derecho a vivir más: que la duración de la vida debería depender sólo del organismo de cada uno y no de su cuenta corriente. Otros, sin embargo, creen que sí.

Y lo que se predica de la salud podría predicarse también de otras cuestiones que atañen a aspectos esenciales de la vida de los humanos en sociedad: la educación, la seguridad, el medio ambiente…  ¿son mercancías o son derechos? Y si son lo segundo, ¿no es la función esencial de los poderes públicos garantizar que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos de forma pacífica y equitativa?

Uno de los tópicos que se están viniendo abajo con estrépito es la idea preconcebida de que en la política norteamericana prácticamente no hay diferencias ideológicas de fondo entre los dos grandes partidos, que la frontera entre la derecha y  la izquierda allí no es tan reconocible como en Europa. Eurocentrismo del malo.

Lo cierto es que desde hace ya tiempo –prácticamente desde que comenzó el siglo- la sociedad norteamericana es el escenario de la mayor y más trascendente confrontación ideológica que hemos conocido desde el hundimiento del comunismo. Alí se enfrentan dos concepciones totalmente distintas del mundo, de la sociedad y de la vida. Allí se tratan cuestiones mucho más fundamentales (en su sentido estricto: que tienen que ver con los fundamentos de la vida en común) que las muy artificiosas disputas que con demasiada frecuencia protagonizan nuestra banalizada y estereotipada vida política. Aquí el debate político está lleno de adjetivos; allí predominan los sustantivos.

La sociedad norteamericana está dividida prácticamente en  dos mitades en tormo a esas dos grandes corrientes: una progresista y otra conservadora, ésta última con una preocupante deriva radical y ultrasectaria. La presidencia de Bush generó una auténtica escisión social y el sabotaje político que sufre Obama la está profundizando.

Y en el centro del debate está precisamente la cuestión de los derechos. Una vez que se reconoce un derecho a las personas por el hecho de ser personas, ¿dejamos que cada cual se las apañe como pueda para hacerlo realidad o alguien tiene que garantizar que ese derecho se pueda ejercer de verdad?

En democracia, el del Estado es el único poder que es de todos por igual. Y no es casual que quienes tienen los demás poderes en exclusiva traten por todos los medios de debilitar y reducir el papel del único poder que tienen que compartir con el resto de la sociedad.

El discurso ideológico contra lo público, que pretendidamente se basa en la defensa de los derechos del individuo, en realidad es una agresión contra ellos. Porque los derechos son de todos sobre el papel, pero en la realidad no todos tienen la misma posibilidad de ejercerlos. Unos pueden más y otros pueden menos. Y lo que la derecha exige es que el poder público se declare neutral –o aún mejor, que no comparezca- en esa relación desigual entre quienes pueden más y quienes pueden menos, que renuncie a su papel. Es decir: que deje de ser público como primer paso para dejar de ser poder. Manos fuera.

De todo esto –y por supuesto, de gigantescos intereses económicos ligados a esto- va el trascendental debate sobre la reforma sanitaria en Estados Unidos. Por eso el resultado de la votación en la Cámara de Representantes es una gran victoria del Presidente Obama y una gran noticia para todos los progresistas del mundo.

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