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Durante las décadas que siguieron a la segunda guerra mundial, los equilibrios geopolíticos y la paz mundial descansaron sobre un concepto tan terrible como dotado de evidente eficacia disuasoria: la destrucción mutua asegurada. Las dos grandes potencias de la época acumularon gigantescos arsenales nucleares que les pemitirían, llegado el caso, destruir muchas veces al adversario, a sí mismos y al planeta Tierra con un gesto tan sencillo como apretar un botón. No me pregunten ni se pregunten a sí mismos por la racionalidad del asunto: lo cierto es que para muchos lo único que  impidió una conflagración en la segunda mitad del siglo XX fue la conviccion de que la tercera guerra mundial sería no sólo la última guerra, sino la última cosa que conociera la humanidad, un final de la historia por todo lo alto. Y lo más terrible es que para conseguir ese apocalipsis no hubiera hecho falta usar ni el 10% del armamento nuclear acumulado por cualquiera de las dos potencias.

Terminó la guerra fría, pero el disparate nuclear ha seguido existiendo, y en condiciones mucho más peligrosas para la humanidad. Porque ya no es cosa de dos, sino de muchos.

Tras el desmembramiento de la Unión Soviética, muchos de los estados nacidos de ella han conservado las instalaciones nucleares que existían en sus territorios; y no es necesario insistir en que no se trata de países especialmente estables en ningún sentido.

Además, el reducido club de los países con armamento nuclear tiene entre sus miembros a algunos que están en el cruce de caminos de los más peligrosos conflictos y que tampoco se caracterizan por su estabilidad política, como Pakistán; y otros como Irán y Corea del Norte, que tienen ampliamente demostrada su vocación bélica y la escasa templanza de sus dirigentes, han decidido incorporarse al club sin que nadie hasta ahora haya sido capaz de hacerles desistir.

Y por si faltaba poco, se multiplican los síntomas de que las técnicas y los medios para fabricar artefactos nucleares pueden estar en el mercado (si es que no lo están ya), y que es cuestión de tiempo –para algunos expertos, de muy poco tiempo- que caigan en manos de grupos terroristas para los que la destrucción mutua asegurada no es ningún inconveniente, sino el mayor estímulo.

En estas condiciones, que el Presidente Obama haya tomado el liderazgo de la lucha por el desarme y contra la proliferación nuclear es una de esas noticias históricas cuya magnitud no somos capaces de valorar en el momento en el que se producen.

La tarea es de titanes. Por una parte, las dos grandes potencias tienen que aceptar voluntariamente una reducción drástica –y mutumente controlada- de sus propios arsenales nucleares. En segundo lugar, hay que poner bajo control los arsenales existentes en otros países, especialmente los más conflictivos, para que nadie tenga la tentación de hacer uso de ellos; además, hay que frenar sí o sí las ambiciones nucleares de neófitos como Irán o Corea del Norte. Y por último (pero en realidad lo primero, porque es la amenaza más peligrosa y la tarea más difícil), hay que evitar por todos los medios –y en este caso no me importa subrayarlo: por todos los medios- que las organizaciones terroristas tengan acceso a armas nucleares, la más pequeña y rudimentaria de las cuales puede tener efectos destructivos estremecedores.

Esto sólo puede conseguirse con un liderazgo claro, que obviamente tiene que corresponder a las dos grandes potencias nucleares, Estados Unidos y Rusia. Los últimos acuerdos entre ellos  son alentadores. Pero también con un esfuerzo extraordinario de concertación internacional, con un férreo compromiso compartido de no proliferación y de control. Y ello afecta a todos los gobiernos del mundo, dispongan o no de armamento nuclear.

Por eso tiene mucho sentido la Conferencia que ha organizado el Presidente Obama en Washington, a la que ha asistido el Presidente del Gobierno de España para garantizar el apoyo y la colaboración de nuestro país.

La proliferación nuclear y el cambio climático tienen en común el hecho de ser dos amenazas conocidas, presentes y actuantes para la supervivencia de la especie humana. En ambos casos, nosotros mismos hemos creado el monstruo y ahora nos toca neutralizarlo, si es que tal cosa es aún posible.

Ante la enormidad de esta tarea, todas las cuestiones de la política cotidiana palidecen. Porque estas sí que son, de verdad, palabras mayores.

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