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En su columna de ayer, sábado, en El País, Manuel Rivas se ocupaba del renacido debate sobre la inmigración al hilo de algunas decisiones municipales y de su aprovechamiento oportunista por parte del PP.  Y lo calificaba con una expresión tan brillante como certera: riña tóxica.

Es tóxica, en primer lugar, por el mero hecho de ser riña. De buscarse como riña, de plantearse y utilizarse deliberadamente como tal. Y es tóxica por sus intenciones a corto y medio plazo, por la naturaleza de los argumentos que en ella se manejan y por sus efectos –clarísimamente tóxicos- sobre la sociedad.

Ni por un momento debemos caer en la tentación de seguir el señuelo. Esto no es un debate sobre el padrón. Todos saben que el padrón no sirve para legalizar la situación de nadie, sino simplemente para constatar su existencia, para saber que está ahí. Convertir al irregular en invisible no es solución para nada, y quienes pretenden hacerlo lo saben. En realidad, es la bengala con la que se pretende avivar hogueras mucho más peligrosas.

No cabemos todos es el nuevo grito de guerra con el que se busca poner en pie un discurso abiertamente xenófobo y convertirlo en material inflamable para su aprovechamiento en la lucha política. El primer ensayo será en las elecciones catalanas. El ensayo general, en las municipales. Y el estreno de gala, en las generales. No cabemos todos es una vileza y además una mentira.

Si la economía española ha crecido espectacularmente hasta el comienzo de la crisis, ha sido en buena parte gracias a la inmigración. Si muchos españoles tienen hoy garantizada su futura pensión, es gracias a la aportación de los inmigrantes  a la Seguridad Social. Si los países europeos tienen alguna posibilidad de superar el imparable fenómeno del envejecimiento de su población general  y de la caída de su población activa, será gracias a la inmigración. Señalar como causantes de nuestros problemas a quienes objetivamente son portadores de soluciones por el simple hecho de que vengan de fuera es una manifestación de irracionalidad que se convierte en irresponsabilidad cuando quien lo hace es un dirigente político.

Naturalmente, todas estas ventajas de la inmigración sólo lo son en la medida en que se trate de una inmigración legal, regular y controlada. Lo contrario, la inmigración ilegal y fuera de control, es destructiva para todos: para los propios inmigrantes y para la sociedad que los recibe sin tener posibilidad de integrarlos.

Por eso, la única política sensata en esta materia es fomentar la inmigración legal y combatir la ilegal. Controlar los flujos de entrada e integrar rápidamente a los que entran. Control e integración, no hay otra receta.

Justo lo contrario de lo que hizo el PP en el gobierno. Dejaron entrar descontroladamente a cientos de miles. Y cuando estaban dentro, se negaron a reconocer su existencia, les negaron todo derecho; pero tampoco tuvieron arrestos para expulsarlos sin más.  En lugar de convertirlos en una fuerza activa y positiva dentro de la sociedad, los convirtieron en una bomba de relojería generadora  de inestabilidad y de toda clase de bajas pasiones.

El Gobierno de Zapatero ha conseguido reducir a menos de la mitad la entrada de inmigrantes ilegales en España. Entre otras cosas, haciendo una política inteligente de colaboración con los países de origen, cosa que ni siquiera intentó el PP.

Y sí, hemos regularizado a muchos. Es decir, hemos convertido a muchos potenciales marginados sociales en ciudadanos que pagan impuestos, cotizan a la Seguridad Social,  cumplen la ley, trabajan legalmente y viven en casas legales. Es decir, que cumplen con sus deberes como ciudadanos. Y naturalmente, ejercen sus derechos: entre otros, el de educar a sus hijos, recibir asistencia sanitaria o usar los servicios públicos que son para todos.

Al contrario de lo que muchos temían (y algunos quizás esperaban), la crisis económica, que ha convertido el empleo en un bien escaso, no ha provocado un estallido de xenofobia en nuestra sociedad.  Y el hecho de que muchos inmigrantes hayan caido en el desempleo no se ha traducido, como algunos auguraban, en una escalada de delincuencia y de inseguridad ciudadana. Eso tiene mucho que ver con la política social y también con la política –inteligente, prudente, civilizada y patriótica- de Zapatero en materia de inmigración, y con su férrea voluntad de no dejarse arrastrar por los cantos de sirena de la demagogia.

En el futuro se reconocerá que uno de los grandes logros de Zapatero como gobernante ha sido atravesar la peor crisis económica y de empleo sin que se haya producido  una fractura social. En una sociedad como la española, tan propensa a fracturarse por tantas cosas, no es poca cosa.

No se trata de empadronar o no empadronar, eso es una mera excusa. Estamos hablando de uno de nuestros bienes más valiosos –aunque sólo sea por lo mucho que nos ha costado conseguirlo-:  la convivencia y la cohesión social.  Eso es precisamente lo que ponen en peligro los que alimentan esta y otras riñas tóxicas. Y sí, finalmente habrá que elegir.

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