Se repite hasta la saciedad la idea de que los políticos no sólo deben pensar en las próximas elecciones, sino también en las próximas generaciones. Tanto se repite, venga o no a cuento, que se ha convertido ya en un tópico.
En la mayoría de las democracias, los gobernantes son elegidos para cuatro años. Y son reelegidos o revocados cada cuatro años. En algunos países incluso se limita la posibilidad de presentarse a la reelección. Pero la sociedad tiene problemas –algunos de los más importantes, de los más estructurales, los que determinan el propio perfil de la sociedad- que sólo pueden ser enfocados con las luces largas, con perspectivas temporales muy superiores a ese período de cuatro o incluso de ocho años.
Todos los gobiernos tienen que plantearse y plantear a la sociedad problemas y objetivos que saben que serán finalmente alcanzados y resueltos por otros gobiernos en el futuro; pero que jamás podrán ser resueltos si no se plantean ahora. Esto es lo que, a mi juicio, quería decir el creador de la famosa frase. Pensar en las próximas elecciones es legitimo y natural en democracia; pensar en las próximas generaciones forma parte de la tarea del gobernante, es simplemente cumplir con el deber.
La jubilación a los 65 años se estableció en España en la primera década del siglo XX. Hace más de 100 años. En aquel momento, la esperanza media de vida de los españoles era de 41 años.
Llegar a los 65 era una circunstancia excepcional; muy pocos tenían esa suerte. Y quienes lo lograban tenían –como media- una vida de cinco o seis años más. Muy pocos llegaban a cobrar la pensión y lo hacían durante poco tiempo. El coste para la sociedad –incluso para una sociedad paupérrima como la de aquella época- era pequeño.
En la España de hoy, la esperanza media de vida está alrededor de los 80 años. Cuando alguien muere antes de los 65, se dice que “murió joven”. La gran mayoría de los trabajadores alcanzan fácilmente la edad de jubilación, y cuando lo hacen tienen además la esperanza razonable de cobrar su pensión durante mucho tiempo: quince, veinte años o más.
Esto va a más. Los mayores tienen un peso creciente en nuestra sociedad, y su número seguirá creciendo en las próximas décadas. Se calcula que a mediados de este siglo casi uno de cada tres españoles será mayor de 65 años.
Además, las condiciones de vida han mejorado. Y los recursos sanitarios han mejorado de forma espectacular. Lo que significa que nó solo muchos más llegan a la edad de jubilación, sino que la gran mayoría llega a esa edad en condiciones mucho mejores que en el pasado: más sanos, más activos, más capacitados en todos los sentidos.
Y además, la transformación económica y tecnológica hace que disminuya el número de los trabajos que requieren un esfuerzo fisico importante.
Todo esto son éxitos extraordinarios de la sociedad española. Son los mejores logros de nuestro progreso, de nuestro desarrollo económico y social. 100 años después, los españoles viven mucho más tiempo y mucho mejor: no hay mejor medida del éxito de un país.
Pero todo avance lleva en su seno el germen de nuevos desafíos. Hoy tenemos una enorme cantidad de ciudadanos que se hacen mayores en plena salud, que podrían –y muchos desearían- seguir siendo plenamente activos y productivos. Y que se jubilan y cobran su pensión durante muchos años.
Podemos llegar en pocos años a una situación en la que menos de la mitad de la sociedad –activos- tengan que sostener a la otra mitad –inactivos por distintas razones.
A medio plazo, esto no es sostenible. Y no es razonable. Todos lo sabemos. Negarlo, hacer como si el problema no existiera, podrá solucionarnos el titular periodístico de mañana; pero supone dejar a los que vengan detrás una carga injusta y probablemente insoportable.
Hoy, la Seguridad Social en España no tiene ningún problema de liquidez. Pero lo tendrá en el futuro si no hacemos algo ahora. Quienes están hoy cobrando sus pensiones o próximos a jubilarse no tienen ningún motivo de inquietud. Pero quienes están iniciando o están en medio de su vida laboral tienen derecho a que sus pensiones futuras estén igualmente garantizadas. Y eso sólo es posible con reformas como las que ponemos en marcha ahora.
Porque además, en los últimos años hemos caminado en dirección contraria. Mientras la sociedad se envejecía, se ha generalizado la práctica de las prejubilaciones cada vez mas tempranas. De tal forma que hoy la edad media de jubilación, en términos reales, está claramente por debajo de los 65 años que marca la ley. Seguir enviando al retiro a trabajadores con poco más de 50 años está fuera de la realidad y fuera del sentido común, salvo circunstancias muy excepcionales. De eso también vamos a ocuparnos.
Tenemos que luchar contra la crisis de hoy. Pero también tenemos que ser capaces de prevenir las posibles crisis del futuro, sobre todo las que son previsibles. Las medidas que proponemos sirven para las dos cosas. Y al presentarlas, defenderlas y sacarlas adelante lo único que hacemos es cumplir con nuestro deber.
Será bueno para las próximas generaciones. Pero además, para sorpresa de algunos, a lo mejor resulta que también lo es para las próximas elecciones. Veremos.
