Se atribuye a Napoleón, hablando del arte de la guerra –estremecedora expresión- el sabio consejo de que cuando el enemigo se está equivocando, no hay que distraerlo. Pero en la política, hay ocasiones en las que la equivocación del adversario la paga toda la sociedad. Y en esos casos sí hay que distraerlo de su error; hay que llamar su atención y tratar de que deje de cometerlo por el bien de todos.
El obsceno y autodestructivo espectáculo de conjuras palaciegas que están dando los dirigentes del Partido Popular a propósito de Caja Madrid es uno de esos casos en los que, además de sentir vergüenza ajena, cualquier político responsable, aunque sea del partido rival como yo, debe intentar por todos los medios que cese cuanto antes el disparate.
Estas cosas, por desgracia, a veces suceden en la trastienda de la política. Pero esta vez está sucediendo en el escenario, a la vista de todos y con los focos encendidos. Un producto del género gore, un episodio de casquería política –y no es una alusión a mi antecesor en el cargo- que, efectivamente, produce vómito. Pero produce mucha más preocupación.
Conviene recordar que estamos hablando de la cuarta institución financiera de este país. Una institución con más de siete millones de clientes y más de dos mil oficinas en toda España, que mueve recursos superiores al presupuesto de muchos Estados del mundo. Un pilar de la economía española cuya desestabilización pondría en riesgo el sistema financiero en su conjunto.
Pues bien, según parece, todo eso depende en este momento de que el PP decida o no castigar a un concejal del Ayuntamiento de Madrid.
Supongo que no es tan difícil entender que este asunto ni es una batalla de política regional ni puede reducirse a un episodio más de las eternas luchas intestinas del PP.
Puede ser que en realidad no se esté discutiendo de Caja Madrid, que en esta hipótesis sería un mero pretexto para dilucidar y ajustar otras cuentas de poder siempre pendientes en la derecha. Esto sería malo, porque se trataría de un insulto a los millones de ciudadanos que tienen sus ahorros y sus intereses económicos depositados en esa institución y un peligroso atentado contra la estabilidad financiera de este país. Jugarse el sillón de Génova en el escenario de Caja Madrid es jugar con las cosas de comer de mucha gente.
Pero también puede ser que efectivamente lo que les interese de verdad sea tener el poder en Caja Madrid y que sólo por obtenerlo han montado este aquelarre. Esta hipótesis es casi peor que la anterior. Porque si para ello están dispuestos a desgarrar su partido, a desacreditarse ante los ciudadanos y a poner en peligro una institución financiera clave, uno tiene que preguntarse: ¿cuál es la recompensa? ¿qué esperan obtener de Caja Madrid que les compense este destrozo, que los lleve a prescindir de todo pudor y apuñalarse en público de esta manera?
O dicho de otro modo, ¿qué uso pretenderán hacer de Caja Madrid que no sea la honesta administración de sus recursos en beneficio de sus impositores y el cumplimiento de sus fines sociales?
Si tiene que haber una proporción entre el tamaño de la recompensa y el de los riesgos que se asumen para obtenerla, da cierta aprensión imaginar la respuesta a la pregunta anterior.
Y si uno recuerda otros episodios históricos protagonizados por el PP en Madrid, la aprensión se transforma en un escalofrío de preocupación.
Por eso en esta ocasión no vamos a hacer caso a Napoleón y vamos a ayudarlos para que que dejen de equivocarse y recuperen el sentido común -del que don Mariano tanto habla y tan poco practica.

Sr. Blanco: aún cuando estoy de acuerdo en lo que dice respecto a CajaMadrid, Vd. está contribuyendo a liar las cosas de manera similar en lo que concierne a las Cajas gallegas. En la situación actual, sólo hay dos escenarios posibles: o bien Caixa Galicia y Caixanova terminan absorbidas o anexionadas a otras Cajas o proyectos de mayor tamaño perdiendo su condición de empresa gallega (algo que encantaría en el PP y en otros ámbitos de esa capital desde donde escribe Vd.), o bien se fusionan entre ellas y cuanto antes. Sería una imprudencia alegar los argumentos que sostienen esta tajante afirmación pero entiendo que Vd. no los desconoce.