Soy católico. Como tal, estoy dispuesto a creer que el aborto es un pecado.
Pero antes soy ciudadano y demócrata. Y como tal, no estoy dispuesto a creer ni a admitir que el aborto tenga que ser un delito.
Como creyente, se me puede exigir que mi vida personal responda a los criterios morales derivados de mi fe. Pero como representante de los ciudadanos no se me puede exigir que pretenda imponer esos criterios por ley a toda la sociedad. Más bien se me tiene que exigir lo contrario: que defienda el derecho de todas las personas a vivir de acuerdo con sus propios valores, religiosos o de cualquier otro tipo.
La confusión entre pecado y delito, la idea obsoleta de que el Estado debe actuar como brazo ejecutor de la doctrina de la Iglesia, la injusta pretensión de obligar a todos a vivir según las creencias de algunos, la nunca abandonada aspiración de hegemonizar moralmente a la sociedad a través de las leyes, es la causa principal de que muchos sigan viendo hoy a la Iglesia Católica como un instrumento de opresión.
Y además, ha quedado lejos en la historia. Cuando Azaña pronunció su famosa frase: España ha dejado de ser católica, no quería decir que los españoles hubieran perdido la fe, sino que la religión había regresado al ámbito del que nunca debió salir, el de las convicciones íntimas y privadas, y que en el Estado moderno no hay ninguna posibilidad de aceptar que una doctrina religiosa dicte las leyes que afectan a todos.
Casi todos los delitos son pecado (aunque hay que ver la indulgencia con la que la Iglesia ha contemplado secularmente algunos de ellos); pero lo que es pecado no tiene por qué ser delito. Llevar el catecismo al Código Penal es inasumible por una sociedad civilizada. La mujer que decida libremente interrumpir su embarazo puede ser que vaya al infierno; pero de ninguna manera tiene que ir a la cárcel.
No hay ninguna amenaza eclesiástica que pueda inducirme, como miembro del Parlamento, a promover una legislación que convierta en delincuentes a las mujeres que quieren decidir sobre su maternidad. Y la obligación del legislador democrático, cualesquiera que sean sus convicciones íntimas, es garantizar que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos en condiciones de libertad y de seguridad.
Pero como católico lo que más me irrita no es la deriva autoritaria de quienes pretenden que sus creencias sean ley. Lo que más me irrita es la hipocresía episcopal.
Porque si el aborto es un crimen que tiene que ser perseguido, lo será de igual manera con la ley que está en vigor desde hace más de veinte años que con la que ahora propone el Gobierno. Se trataría del mismo crimen cuando gobernaba el PP y se practicaban en España más de medio millón de abortos legales que cuando gobierna Zapatero. Habrá que denigrar y excomulgar no sólo a los socialistas españoles, sino a los conservadores de todos los gobiernos europeos que han promulgado leyes de plazos iguales a la que vamos a votar en España. Habrá que organizar manifestaciones no sólo en Madrid sino en París, en Londres, en Berlín, en Amsterdam…
Pero nada de eso sucede. Nadie llamó asesino a José María Aznar, que gobernó ocho años con una ley que bajo el coladero del “daño psicológico” para la madre permite abortos prácticamente sin límite y sin control. Pero se lo llaman a Zapatero por proponer una regulación que pone plazos, establece límites y condiciones objetivas para practicar el aborto, da garantías sanitarias y seguridad jurídica a las madres y a los médicos; y además trata de prevenir los embarazos no deseados, que son el origen de la inmensa mayoría de los abortos.
La jerarquía eclesiástica española ha formulado de hecho una nueva doctrina: la regulación legal del aborto es un crimen execrable siempre y cuando la impulse un gobierno socialista en España. Y es algo ante lo que puede hacerse la vista gorda cuando es la derecha quien la ampara, dentro o fuera de España.
Como diputado, voy a votar la ley del aborto a mucha honra. Y como católico, voy a decirle a los obispos que su discurso sobre este tema no sólo es reaccionario: es hipócrita. Y que mentir a sabiendas no es un delito, pero sí es un pecado.

Lo que no entiendo :Soy católico.Creyente
Pero cuando van a montar ustedes un estado laico como Dios manda ??
Ese dia los catolicos podran acudir a la iglesia, sin la mirada despectiva de aquellos que los ven como un obstaculo al desarrollo de la sociedad.
Hasta protestantes, musulmanes, y otras tendencias, estaran encantados de saber que ya no habra discriminacion en la declaracion de hacienda, porque ya no habra casillas que marcar con una cruz…
Nom de Dieu !!
Me parece muy bien su posición ante este tema. Pero permítame que le hable de otro. Le pido que como ministro del Gobierno de España y Vicesecretario General del PSOE haga lo que esté en su mano para presionar y parar las ejecuciones en Irán por cuestiones de género u orientación sexual. La más inminente es la del joven Nemat Safavi que será ejecutado en la horca por ser homosexual habiendo sido juzgado además cuando era todavía menor de edad, saltándose así todas las normas internacionales. Como ciudadano del mundo, homosexual y no votante socialista pero sí admirador “per sécula seculorum” de Zapatero, De la Vega y Zerolo, le pido haga lo que esté en sus manos, gracias.
Me temo que aún hay quien no comprende tu posición, de la misma manera que no comprenden que un español pueda serlo siendo ateo, o hablando otro idioma que no sea el castellano. Lo que está claro es que la Conferencia Episcopal está muerta de miedo porque muy pocos les hacen caso, y no caen en la cuenta de que se debe a que no se han despertado de sus sueños nacionalcatólicos. A partir de ahí, todo se comprende, o al menos así lo entiendo yo. Lo peor es que quieren adueñarse del debate político y el Partido Popular les está siguiendo en esa locura.
Yo soy católica practicante y militante socialista. Al parecer de algunos, soy un “híbrido extraño” y que debiera estar en continua lucha interna entre mis ideales políticos y mis convicciones religiosas, y sin embargo…no es así, a Dios gracias he logrado un equilibrio perfecto entre ambas cuestiones, siguiendo simplemente lo que Cristo nos dijo:
“Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”
El Gobierno de un país debe gobernar para todos, para ateos, para creyentes, y entre otras obligaciones la de promover leyes que contribuyan a solucionar cuestiones, como en este caso, el aborto, algo que ha existido desde que el mundo es mundo y que por desgracia seguirá existiendo, lo que ocurre, es que las mujeres con dienro lo harán pagando como y cuando queiran y si tienen que salir fuera de su pais lo harán, (como lo hacían) mientras que las pobres desgraciadas sin recursos lo harán en antros d emala muerte poniendo en peligro su vida, como por desgracia ocurre en muchos lugares del mundo….así que, no nos rasguemos als vetiduras y cojamos el toro por los cuernos, no neguemos una realidad!!! demos protección a todas las mujeres y que ellas hagan lo que su conciencia les diga, y allá cada cual con la suya…pero con seguridad, por favor, quye ninguna cabe en un antro clandestino poniendo en peligro su vida, que como católica me importan todas las vidas humanas, las de las madres tambien!
A la Iglesia católica le debiera dar igual lo que legisle un Gobierno sobre el aborto ya que una católica no abortaría jamás, o es que yo, que no he fumado en mi vida si hav¡cen una ley que permite fumar en un cine , me pongo afumar de repente???
Seamos serios, por favor.
Y ojo!!!, y ya termino, la intromisión de la religión en asuntos políticos es propia de regímenes totalitarios y fundamentalistas, espero y deseo que la iglesia católica no pretenda actuar como el régimen talibán ¿O si???
Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.
Un saludo desde el norte, a la izquierda.